Con una narración bellísima en la que una erudición insólita y una economía del lenguaje preciosista se combinan de manera extraordinaria, George Steiner [París, 1929] relata una vez más en La idea de Europa [2005] la particularidad del viejo continente en contraposición con los Estados Unidos de América .
No deja de ser curioso que el profesor Steiner no mencione en su ensayo sino tangencialmente a América Latina, África y Asia . Y es curioso porque el lector intuye que una idea de Europa tendría que estar relacionada, forzosamente, con el mundo que Europa sojuzgó durante varios siglos.
La idea principal de este texto es muy simple: sin considerar el hecho colonial, la particularidad europea puede construirse esplendorosamente: Europa es única y radicalmente distinta. Considerando el hecho colonial, sin embargo, aparece una compleja relación entre Europa y sus ex colonias [y semi-colonias ] a menudo opacada. Y esto, que haya entre la idea de Europa y el mundo que colonizó un relación compleja, tiene consecuencias, claro, porque entonces la particularidad de lo europeo comienza a diluirse.
El argumento central La idea de Europa no podría ser más parsimonioso y elegante: la particularidad de Europa, allí se dice, está en su plétora de cafés, en su geografía amable, en la omnipresencia de su historia, en la contradictoria herencia de la razón y la fe, y, finalmente, en su atávico fatalismo. Por supuesto, encontrar la particularidad europea implica diferenciarla del el resto del mundo, y, en este sentido, al narrar/construir esta particularidad, el profesor Steiner establece una especie de fronteras esenciales entre lo europeo y lo no europeo.
Sin embargo, si esculcamos con cuidado estas fronteras tan simétricas y buscamos sus expresiones concretas en el mundo, seguramente podremos encontrarles porosidades. Ya en tierra, la arbitrariedad de la frontera adquiere su verdadero significado. Pero permítanme explicarme.
Pensemos primero en los cafés europeos y reparemos en que los diálogos y discusiones, actividades tan europeas estas, transcurren alrededor de una materia prima que no es europea: el café, café plantado y cosechado muy probablemente [pensemos que hablamos de principios del siglo XX] en la plantación de un próspero e industrioso fazendeiro brasileño. Un signo fundamentalmente europeo depende, así, de un producto no europeo. Y lo mismo puede decirse en el caso del resto de materias primas.
Este vínculo en principio económico implica mucho más que un simple intercambio. No es sólo que las materias primas del resto del mundo hayan posibilitado la idea de Europa sino que, y esto es más interesante para el caso que nos concierne, la relación cercana entre las élites europeas y las locales tuvo un profundo impacto para las sociedades no europeas, un impacto que bien puede calificarse de europeizante.
Y, en efecto, no debería extrañarnos que unas élites políticas e intelectuales occidentalizadas y vinculadas al mercado internacional hayan provocado efectos muy europeos sobre sus sociedades: la forma de organización política [el Estado nacional], su discurso legitimante [en el que el liberalismo y el darwinismo social se confunden], los modos de producción de particulares de cada materia prima [si implican eslabonamientos o no, por ejemplo], todos ellos están marcados por la impronta europea, que en un mundo nuevo crece, se desenvuelve y se transforma, pero no pierde sus orígenes.
En segundo lugar, si nos detenemos en la benévola geografía europea encontramos un nuevo vínculo opacado, ya que la geografía bajo la cual se ha desarrollado la historia europea sobrepasa, con mucho, esas praderas y ríos apacibles a los que se refiere el profesor Steiner.
Si regresamos de nuevo a principios del siglo XX, nos encontramos con que una enorme cantidad de europeos, soldados, hombres de negocios y mercenarios, están empeñados en dominar y conquistar justamente aquella geografía impracticable, tan poco bondadosa y tan poco europea que es la geografía africana. Volcados a navegar por el caudaloso Río Congo para hacerse del caucho o en una carrera delirante para quedarse con la riqueza mineral del Valle del Rift, los europeos están expandiendo sus fronteras a sangre y fuego [¿no habían dicho orgullosos, ya hace tiempo, que en uno de sus imperios nunca se ponía el sol?]. La geografía europea, esto es, la geografía en la que los europeos mataron y se dejaron matar, la geografía que cartografiaron para después explotar, aparece entonces varia, enorme y difícil. Las últimas fronteras de Europa están mucho más allá del Río Volga y la costa mediterránea.
[Digamos, entre paréntesis, que no es sólo la facilidad del territorio lo que propició que los europeos [se] mataran con tanta recurrencia. Ni las grandes fronteras ni la geografía escabrosa salvaron a los pueblos de África y América].
La tercera particularidad europea, nos dice el profesor Steiner, es que Europa está repleta de historia. Todas sus calles llevan los nombres de sus más célebres estadistas y hombres de letras. A diferencia de los Estados Unidos de América, que viven mirando hacia el futuro, Europa es un lugar para la memoria.
Pero a cualquiera de nosotros, habitantes del llamado tercer mundo, esto no nos parece muy extraño. Nuestras calles y plazas no sólo nos recuerdan nuestra historia sino también nos narran un poco de la historia de nuestra Madre Patria. En la Ciudad de México, por poner un ejemplo que conozco bien, las calles Benito Juárez o Emiliano Zapata abundan, pero también están la calle Isabel la Católica o la avenida Mazaryk. Si la memoria es una particularidad europea, podríamos decir, medio en broma medio en serio, que también nosotros somos europeos.
Otra vez, el hecho colonial ayuda a explicar por qué esta pretendida característica europea ha dejado ser patrimonio exclusivo del viejo continente. Es obvio que, por un lado, la historia de Europa y la de América Latina, África y Asia se intersecan en algún momento, y esta intersección nos ha dejado como herencia, entre otras muchas cosas, que en las secundarias se nos enseñe como historia universal la historia europea [al igual que Franz Fannon, que tuvo que aprender las aventuras de sus antepasados los galos, nosotros nos enorgullecemos de nuestras raíces ibéricas y Reconquista, por poner sólo un ejemplo].
Sigamos con el argumento, la identidad tensionada entre razón y fe, la cuarta característica de lo europeo según el profesor Steiner, tampoco es exclusiva de Europa, y la razón es la misma que en los puntos anteriores. Esta tensión entre razón y fe se expresó de diversas maneras: al momento de cimentar los Estados nacionales, por ejemplo, las élites políticas de América Latina, Asia y África tuvieron que enfrentarse con la paradoja de la tradición y la modernización: para construir una nación, necesitaban de la tradición, pero la idea misma de nación era ya occidental. Aún hoy, 500 años después de la colonización, la élite política boliviana, para hablar del caso que conozco mejor, enfrenta una tensión irresoluble en su discurso de legitimación: por una parte, está siempre presente el supuesto pasado idílico al que se quisiera regresar, el mundo indígena de armonía y paz, pero por otro lado, los objetivos del plan de gobierno no podrían ser más europeos: crecimiento económico, desarrollo, progreso, etc. Se trata de una tensión que ni siquiera términos como “capitalismo andino-amazónico” logran solucionar.
Europa, dice el profesor Steiner, siempre ha presentido que su fin está próximo. Aún hoy, lejos de las guerras mundiales, la idea de Europa [la del profesor Steiner, se entiende] se ve amenazada por la globalización y el mercado. El miedo del profesor Steiner es perfectamente comprensible; para él, hay una esencia europea [la esencia de una Europa cuyas características y fronteras son bastante arbitrarias, como he tratado de mostrar], y ya se sabe que las esencias son, o deberían ser, fijas, inamovibles, estáticas, lo que contrasta radicalmente con la idea de una cultura que se fluye, se expande y se transforma, violenta o pacíficamente.
Quizá la Europa de Steiner no perdure [si es que no ha desaparecido ya] ni siquiera en las fronteras habituales del continente europeo, pero una Europa más amplia, entendida como un legado de ideas [y no como una sola idea], difícilmente se perderá en un mundo que ha adoptado, por la espada o por voluntad propia, gran parte del modelo civilizatorio europeo para sí [derechos humanos, democracia, Estado y no ciudad estado, etc.]. Dominante, yuxtapuesta o en vecindad incómoda, Europa está en todas partes .
eureka!! no solo que podemos decir que también somos europeos, sino que ellos tienen de latinoamericano. Europa está en todas partes y muchas partes de Europa pertenecen a varios lugares. Estoy de acuerdo, tal vez por el complejo ese de ser una de las hijas/os no reconocidas de la madre patria, que cuando se mira al espejo no encuentra rasgos comunes, mientras acá, todavía hoy muchos sueñan/ soñamos con ser idénticos a ella.